Lex Hermae

Ego, Prisca, me ordinem sodalesque fideliter adiuvare me vivo hac re iuro.

dimecres, 27 d’agost de 2014

Dies ordinarius

Me gusta corregir.

Sí, a veces es un proceso ingrato y poco atractivo, pero siempre aprendes algo. ¿Sorprende mi energía positiva? O me lo tomo así o me pego un tiro...

Anoche acabé la corrección enésima de la novelucha 7, y aún me queda la 8 para dejarla impoluta. Además, la semana pasada estuve echando una mano a un amigo que quiere dirigir su primera partida de Ars Magica y me pidió ayuda en las correcciones de la pequeña saga -tremendamente buena, dicho sea de paso-.

Pero no me quejo de esto. La verdad es que me gustó volver a rebuscar en mi querida Mitología vikinga la información que necesitábamos para atar cabos y dejar un guión que, además de ser perfecto y jugable, fuese veraz. Fue un trabajo estupendo que me volvió a conectar con mi "yo" más jugona y más fantasiosa, aquella a la que, de hecho, le debo este blog, este espíritu escritor y, por qué no, los mejores años de mi vida.

Merece la pena corregir. Vale todo el tiempo que inviertes en dejarte los ojos, en documentarte, en enviar y recibir correos diarios con nuevos problemillas a solventar... y todo aderezado con risas si lo haces en compañía. 

Si corrijes a solas es otro cantar. Te envuelves en un velo invisible de "hoy no estoy para nadie" y cuando te das cuenta se te han hecho las mil de la madrugada y aún estás sin desmaquillar. Te lavas la cara a desgana y te arrastras hasta la cama y tu marido hace horas que duerme; en cambio, tú no paras de darle vueltas a aquella frase que cambiaste en el último momento, o no te convence el diálogo que mantiene el protagonista con su Némesis. Y la cabeza da vueltas, vueltas y vueltas al mismo tema hasta que vuelve a sonar el despertador. Con un poco de suerte, corres hasta el ordenador sin desayunar para escribir ese cambio brillante que has tenido, aunque la mayoría de los días te irás a trabajar con el nuevo maquillaje intentando tapar las ojeras de la inspiración anhelada...

¿Estoy hablando de correcciones? Por un momento me he perdido... me he dado cuenta de que tengo los mismos síntomas que cuando escribo.

Maldita afición la de escribir... pero qué haría yo sin ella.

dilluns, 25 d’agost de 2014

Deliberationis intimae

Este verano no he tenido mucho tiempo para escribir. En realidad, simplemente he repasado -de nuevo, por enésima vez- las noveluchas de los Invocadores.

Me gusta la palabra novelucha. Define totalmente lo que es: una pretensión de novela que querría comerse el mundo, pero aún así no resulta pedante, sino que destila simpatía. Al menos esto último es lo que me gustaría creer.

He decidido que este blog no va a ser uno de tantos que dan su opinión a otros libros, a no ser que el libro en sí lo merezca (autores noveles a los que me gustaría ayudar o algún clásico que quedó enterrado bajo kilos y kilos de papel de best-sellers de los que nadie se acordará dentro de un año). ¿Y por qué no voy a dar mi opinión? Porque, sencillamente, al mundo le importa bien poco mi opinión.

Lo único que puedo hacer con este blog es llenarlo de mis creaciones, exponerlas al ojo crítico de los lectores cibernéticos y que ellos decidan si vale la pena seguir leyendo mis historias o no con un simple clic. 

No me importa si no hay opiniones, no pasa nada si no hay visitas. Un día alguien -un escritor de los buenos- me dijo que una historia escrita no debe quedarse olvidada en un cajón, y esto es lo que hago. Dejo mis relatos libres por el mundo virtual para que puedan encontrar lectores que los sepan apreciar. Es lo único que puedo hacer por ellos.